La IA en el retail español: el hype y lo que de verdad mueve la aguja

Cada semana leo tres titulares nuevos sobre cómo la inteligencia artificial va a revolucionar el retail. Y cada semana, cuando intento aplicar algo de eso en una empresa real —con sus tiendas, su ERP de hace años y sus datos imperfectos—, me doy cuenta de la distancia que hay entre el titular y el martes por la mañana.

Ilustración conceptual sobre inteligencia artificial

Llevo tiempo en una posición rara que me deja ver las dos orillas: vengo de la ingeniería, así que sé lo que cuesta montar estas cosas de verdad; pasé por escuelas de negocio, así que me obligo a preguntar «¿esto cuánto dinero mueve?»; y trabajo en retail, donde la teoría se estrella contra la realidad de un almacén y un margen apretado. Desde ahí, voy a intentar separar el ruido de la señal.

El hype: lo que brilla en las presentaciones

Hay una versión de la IA en retail que se vende muy bien en un escenario y que casi nunca sobrevive al contacto con la realidad.

El chatbot mágico que «entiende a tus clientes» y dispara las ventas. La demo espectacular que funciona de maravilla… con datos de juguete. El «la IA lo va a cambiar todo» sin decir qué, ni cuándo, ni con qué presupuesto. Y mi favorito: la idea de que vas a comprar una herramienta, apretar un botón y al día siguiente tener una empresa inteligente.

Spoiler: no. El 80% del trabajo no es la IA. Es lo aburrido de antes —tener los datos limpios, los procesos definidos y los sistemas hablando entre ellos—, solo que ahora con un nombre más sexy encima.

Lo que sí mueve la aguja

Y sin embargo, soy un convencido. Porque cuando dejas de buscar la magia y la usas para lo que es buena, el impacto es real. Lo que de verdad ha funcionado en mi experiencia no sale en ningún titular:

Automatizar lo tedioso de dentro. No el escaparate, sino la trastienda: clasificar y enrutar correos, conciliar movimientos que antes te comían una tarde entera, ordenar tareas repetitivas. No es glamuroso, pero devuelve horas todas las semanas. Y las horas son dinero.

Dar acceso a los datos a quien no sabe SQL. Que alguien pueda preguntar «¿cuánto hemos vendido de esto la semana pasada?» en lenguaje normal y obtener la respuesta, sin pasar por mí ni por un informe que tarda dos días. Democratizar el dato es, probablemente, el mayor cambio cultural que he visto.

Ayudar a decidir, no decidir por ti. Previsión de demanda, reposición, detectar lo que se está quedando parado. La IA aquí no sustituye a nadie: le pone delante a una persona buena la información que necesita para acertar más. Augmentar, no reemplazar.

Fíjate que en ninguno de los tres el protagonista es el modelo. El protagonista siempre son tus datos y tus procesos.

El cuello de botella real (y no es la IA)

Aquí va la parte que no gusta oír. Si tu empresa no consigue sacar valor de la IA, casi nunca es por el modelo. Es porque tus datos están sucios, repartidos en cinco sitios que no se hablan, y porque hay procesos que solo existen en la cabeza de una persona.

La IA es un amplificador. Si le das encima de un caos bien estructurado, multiplica. Si le das encima de un caos a secas, multiplica el caos. Por eso el trabajo más rentable que puedes hacer este año probablemente no lleve la etiqueta «IA»: es ordenar la casa para que, cuando la enchufes, tenga algo bueno que amplificar.

Lo que le diría a un comité de dirección

Con el sombrero de negocio puesto, mi resumen sería este: no inviertas en IA para poder decir que inviertes en IA. Inviértela donde puedas medir el retorno —horas ahorradas, errores evitados, decisiones mejores— y empieza pequeño, por un proceso concreto que te duela.

Desconfía de quien te promete transformación sin hablarte de tus datos. Y desconfía todavía más de quien te vende una solución cerrada que «lo hace todo»: en retail, lo que lo hace todo normalmente no hace bien nada.

La IA no es ni la salvación que cuentan los titulares ni el humo que dicen los escépticos. Es una herramienta muy potente para una empresa que ya tiene los deberes hechos. Si los tienes, vuela. Si no, primero haz los deberes.

Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Pero antes de intentar lo imposible, conviene tener los datos en su sitio.

De experto técnico a business partner: lo que nadie te cuenta del salto

Hace unos meses me tocó subir a un escenario en el BEE360 a contar mi trayectoria, y preparando esa charla me di cuenta de una cosa: lo más difícil de mi carrera no fue ningún reto técnico. Fue dejar de medir mi valor por lo técnico.

Hombre saltando entre dos rocas, metáfora del salto de técnico a gestor

Suena bonito en una diapositiva, pero el camino real está lleno de baches que nadie te avisa. Así que voy a intentar contarlo como me hubiera gustado que me lo contaran a mí.

La trampa de ser el mejor técnico

Cuando empiezas, tu valor es evidente: sabes hacer cosas que los demás no saben. Levantas un servidor, depuras la query imposible, te peleas con el error 8456 a la una de la madrugada y sales victorioso. La empresa te quiere porque tú arreglas las cosas.

Y ahí está la trampa, porque ese reconocimiento engancha. Cuanto mejor técnico eres, más te buscan, más imprescindible te sientes… y más atrapado estás. Te conviertes en el cuello de botella de tu propio equipo. Si todo pasa por ti, has construido un sistema que no escala, y el primero que no escala eres tú.

Me costó entenderlo: ser imprescindible no es un superpoder, es un techo.

Nadie en la mesa de dirección habla de bits

El día que me senté por primera vez en una reunión de dirección de verdad, descubrí que mi vocabulario no servía de nada. Yo llegaba con mi «hemos migrado el ERP», «tenemos la base de datos optimizada», «la latencia ha bajado»… y veía caras de educada incomprensión.

A ellos no les importaba la latencia. Les importaba si íbamos a poder abrir cinco tiendas más este año sin que el sistema reventara. Les importaba el coste, el riesgo y el tiempo. Mi trabajo seguía siendo técnico, pero mi manera de explicarlo tenía que dejar de serlo.

Es exactamente la idea que comentaba en aquella reseña de La isla de los 5 faros: hay que hablar el lenguaje de quien te escucha. Lo escribí hace años pensando en presentaciones, sin imaginar que sería la lección más importante de mi carrera.

Crecer rápido te obliga a madurar (CMMI no es burocracia)

En retail, cuando la empresa crece a saltos, la tecnología o madura al mismo ritmo o se convierte en el freno. Y aquí va una confesión: yo era de los que veía marcos como CMMI como burocracia para consultoras aburridas.

Me equivocaba. La madurez no va de rellenar plantillas, va de pasar de «lo arreglamos cuando explota» a «tenemos un proceso para que no explote». Va de dejar de depender de héroes —spoiler: el héroe normalmente era yo— y empezar a depender de procesos repetibles que cualquiera del equipo pueda ejecutar.

El día que una incidencia grave se resolvió bien sin que yo tocara nada, no me sentí prescindible. Me sentí, por fin, como un director.

Lo que nadie te cuenta del salto

Resumo en cuatro cosas lo que de verdad me hubiera gustado saber antes:

1. Tu mérito técnico deja de contar como antes. Lo que te trajo hasta aquí no es lo que te va a llevar al siguiente nivel. Duele, pero es así.

2. Tu trabajo pasa a ser que otros brillen. Antes el éxito era tu pull request. Ahora es que tu equipo entregue sin ti delante. Cuesta soltar el teclado.

3. Tienes que aprender a traducir. De tecnología a negocio y de negocio a tecnología. Eres el puente, y un puente que solo entiende una orilla no sirve.

4. La soledad del intermedio. Ya no eres del todo «uno del equipo» ni del todo «uno de dirección». Es incómodo, y nadie lo dice en voz alta.

¿Mereció la pena?

Rotundamente sí. No porque sea mejor que arreglar cosas —sigo disfrutando como un niño cuando me peleo con un proyecto técnico—, sino porque el impacto es de otro orden. Antes resolvía problemas. Ahora ayudo a decidir qué problemas merece la pena resolver.

Si estás en ese punto, sintiéndote imprescindible y un poco atrapado: empieza por documentar lo que solo está en tu cabeza, por dejar que otro lo haga «peor» que tú la primera vez, y por aprender a contar lo que haces en el idioma del negocio. El salto no se da de golpe, se da soltando lastre poco a poco.

Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Y esto, aunque cueste, solo era difícil.