Cómo no acabar en el 90% de proyectos de IA que fracasan

Cada vez que sale el tema de la inteligencia artificial en una reunión, veo la misma escena: media mesa con los ojos brillantes, convencida de que esto lo cambia todo, y la otra media con los brazos cruzados, pensando que es la enésima moda. Y luego estoy yo, que llevo un tiempo montando esto de verdad en una empresa de retail, intentando que ninguna de las dos mitades tenga toda la razón.

Porque el dato incómodo es este: nueve de cada diez proyectos de IA no llegan a nada. No escalan, no se miden y acaban muriendo en una demo bonita. Lo curioso es que casi nunca fallan por la tecnología. Fallan por cosas bastante más aburridas.

Así que voy a contar lo que he aprendido separando el ruido de la señal: por qué fracasan, qué conceptos conviene tener claros para no comprar humo, y el método que uso para decidir dónde aplicar IA y dónde no.

Las cuatro formas de fracasar

Si repaso los proyectos que se caen, los míos y los que me cuentan colegas, casi todos encajan en una de estas cuatro causas:

La promesa mágica. El comercial te vende una capacidad que la tecnología no entrega. La demo funciona de maravilla… con datos de juguete. Luego la conectas a la realidad y se desinfla.

El dato que no existe. El proyecto necesita datos que la empresa no tiene, o que sí tiene, pero están sucios, repartidos en cinco sitios que no se hablan y sin nadie que responda por ellos.

El proyecto sin dueño. Nadie se responsabiliza del cambio de proceso ni de la adopción. La herramienta se instala y se queda ahí, mirando.

La ausencia de métrica. No hay medición antes y después. Nadie sabe si funcionó, así que la siguiente vez que pidas presupuesto no tienes con qué defenderlo.

Fíjate en que, en ninguna de las cuatro, el problema es el modelo. El reto nunca es comprar IA. Es elegir bien dónde aplicarla y blindar el dato antes de empezar.

La IA no es una sola cosa

Buena parte del humo viene de tratar “la IA” como si fuera un bloque único. Cuando aparece en prensa, normalmente vemos la punta del iceberg. Debajo hay capas, y conviene distinguirlas para saber de qué estamos hablando:

Está la inteligencia artificial como paraguas: cualquier sistema que imita capacidades humanas, como ver, leer, decidir o hablar. Dentro está el machine learning, sistemas que aprenden de datos en lugar de seguir reglas escritas a mano. Dentro, las redes neuronales y el deep learning, que aprenden patrones complejos de imagen, audio o texto. Y de ahí salen los LLM, redes especializadas en lenguaje (los Claude, GPT, Llama de turno) y los modelos especializados, entrenados para una tarea concreta, como leer una factura o prever demanda.

Y una aclaración que ahorra muchas conversaciones de ciencia ficción: todo lo que existe hoy en producción es IA estrecha. Resuelve una tarea. La IA general, con capacidades humanas amplias, sigue en investigación y nadie la ha conseguido. La superinteligencia es teórica. Cuando alguien te venda que su producto “piensa”, desconfía.

La fórmula que de verdad sirve

Si tuviera que resumir en una línea qué hace útil a la IA dentro de una empresa, sería esta:

LLM + RAG + MCP = un agente que entiende, lee tus documentos y opera sobre tus sistemas.

Traducido, porque estas siglas se usan mucho y se explican poco:

El LLM es el motor que entiende y genera lenguaje. Por sí solo es brillante, pero no sabe absolutamente nada de tu empresa.

El RAG (Retrieval Augmented Generation) es la biblioteca inteligente: hace que el modelo busque primero en tus documentos y responda con ese contexto, citando la fuente. Cambias el documento y la respuesta cambia, sin reentrenar nada. Es lo que conecta el modelo público con tu conocimiento privado.

El MCP (Model Context Protocol) es un conector estandarizado que permite a la IA consultar tus sistemas, con permisos. Es la diferencia entre una IA que solo habla y una que puede mirar tu stock o tu contabilidad respetando quién pregunta.

Y un agente es un LLM con herramientas y objetivos: no solo responde, actúa. Lee, decide, llama a una API y escribe en un sistema. Ahí es donde la cosa deja de ser un chat curioso y empieza a mover trabajo.

Un principio que me ha salvado de más de un susto: el modelo razona, los scripts ejecutan. Lo creativo lo hace el modelo; las acciones irreversibles, como un despliegue, un correo o un borrado, las hace código determinista. Al modelo no le das el botón rojo.

Los tokens son el nuevo petróleo

Aquí entra la parte que a los de negocio les interesa de verdad: esto se paga por uso. Cuanta más IA, más consumo. Y toda empresa que escala IA acaba delante de la misma decisión, con tres opciones de coste y riesgo muy distintos.

Puedes ir 100% nube: coste variable que crece linealmente con el uso, mantenimiento cero, última generación… pero tus datos viajan a un tercero y no controlas ni el precio ni la disponibilidad.

Puedes ir 100% local: inversión en hardware por delante, pero cero coste por token y los datos nunca salen de casa. A cambio, necesitas equipo para mantenerlo.

Y puedes hibridar: lo crítico y sensible en casa, lo creativo y puntual en la nube. Para la mayoría es la opción más equilibrada, y es la que defiendo casi siempre: cloud para productividad y casos no sensibles, on-premise para el dato que no puede salir.

No es una decisión de “Claude contra GPT”. Es decidir qué modelo usas para qué dato y qué tarea. Modelos grandes para razonamiento exigente, modelos pequeños para tareas acotadas que van rapidísimas y baratas, y modelos especializados para lo concreto. Lo habitual es combinarlos, no elegir uno.

Elige la raíz, no las hojas

Con las piezas claras, viene la pregunta del millón: ¿por dónde empiezo? Mi consejo es buscar la raíz, no las hojas. Es decir, la decisión de la que cuelgan muchas otras.

En retail, por ejemplo, esa raíz suele ser la previsión de venta. Si aciertas cuánto vas a vender, alimentas de golpe la logística (cuántos bultos mover), las compras (cuánto pedir y cuándo) y la gente (cuántas personas y qué horarios en cada tienda). Un solo motor bien hecho da servicio a tres áreas. Si fallas en la venta, todo lo demás se mueve en falso.

Y un matiz que para mí marca la diferencia: que el modelo no solo dé una cifra, sino que explique por qué. “142 unidades el viernes: +18% por festivo local, +6% por campaña, -4% por lluvia prevista, sobre la base del año pasado.” Un número sin el porqué no te lo compra ningún comité. Un número con su razonamiento, sí.

El antídoto: valida tú, no el comercial

Aquí está, para mí, la pieza que separa a quien acaba en el 90% que fracasa de quien no: un filtro propio antes de escuchar a ningún vendor.

En la práctica es un pequeño comité que decide internamente si un caso es viable, con cuatro reglas de oro: validamos nosotros (no quien nos quiere vender), solo entra lo que tiene dato fuente comprobado, cada iniciativa lleva un sponsor de negocio y un owner técnico, y toda idea nace con una métrica medible desde el día uno.

Y una ficha única por la que pasa cada propuesta, con cinco ejes obligatorios:

  1. Impacto. ¿Qué mueve? Horas, ventas, margen, stock, riesgo.
  2. Datos. ¿Existen, están limpios, tenemos permisos y trazabilidad?
  3. Facilidad. ¿Qué integraciones y qué cambio de proceso exige?
  4. Riesgo. Privacidad, legal, reputacional, operativo.
  5. Métrica. El indicador antes/después, definido antes de empezar.

Parece burocracia. Yo era el primero que veía este tipo de marcos como plantillas para consultoras aburridas. Me equivocaba. No va de rellenar casillas. Va de pasar de “lo probamos a ver” a “sabemos por qué esto sí y aquello no”. Es lo que convierte una lista de ideas sueltas en un portfolio que puedes gobernar.

Los frentes que hay que defender desde el día uno

Aunque hagas todo bien, un despliegue de IA tiene varios puntos por los que se puede caer. Conviene vigilarlos desde el principio:

Datos sensibles saliendo a un tercero sin control. Permisos por rol: el mismo conector no puede enseñar lo mismo a administración que a tienda; sin esa capa, hay fugas. Alucinaciones: el modelo se inventa una cifra y, sin trazabilidad ni validación humana, el error acaba en tu presentación. Lock-in y coste: sin estrategia híbrida, la factura crece con la adopción. Regulación: el AI Act europeo trae obligaciones de transparencia y documentación. Y explicabilidad: decisiones “caja negra” que luego no puedes justificar ni al cliente ni al regulador.

Ninguno es motivo para no hacer nada. Todos son motivo para hacerlo con cabeza.

En resumen

La IA no es ni la salvación que cuentan los titulares ni el humo que señalan los escépticos. Es una herramienta muy potente para una empresa que ya tiene los deberes hechos: datos ordenados, procesos definidos, un responsable y una métrica. Si los tienes, vuela. Si no, el trabajo más rentable que puedes hacer este año probablemente no lleve la etiqueta “IA”: será ordenar la casa para que, cuando la enchufes, tenga algo bueno que amplificar.

Y sobre todo, no delegues en el comercial la decisión de qué te conviene. Valídalo tú, con tu dato y tu métrica. El 90% que fracasa casi siempre es el que se saltó ese paso.

Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Pero antes de intentar lo imposible, conviene tener el dato en su sitio.


Joan Garcia Camba es CIO de retail internacional en Barcelona. Ingeniero y MBA, escribe sobre tecnología, gestión y equipos desde 2008. Su perfil profesional completo está en joan.si.

La IA en el retail español: el hype y lo que de verdad mueve la aguja

Cada semana leo tres titulares nuevos sobre cómo la inteligencia artificial va a revolucionar el retail. Y cada semana, cuando intento aplicar algo de eso en una empresa real —con sus tiendas, su ERP de hace años y sus datos imperfectos—, me doy cuenta de la distancia que hay entre el titular y el martes por la mañana.

Ilustración conceptual sobre inteligencia artificial

Llevo tiempo en una posición rara que me deja ver las dos orillas: vengo de la ingeniería, así que sé lo que cuesta montar estas cosas de verdad; pasé por escuelas de negocio, así que me obligo a preguntar «¿esto cuánto dinero mueve?»; y trabajo en retail, donde la teoría se estrella contra la realidad de un almacén y un margen apretado. Desde ahí, voy a intentar separar el ruido de la señal.

El hype: lo que brilla en las presentaciones

Hay una versión de la IA en retail que se vende muy bien en un escenario y que casi nunca sobrevive al contacto con la realidad.

El chatbot mágico que «entiende a tus clientes» y dispara las ventas. La demo espectacular que funciona de maravilla… con datos de juguete. El «la IA lo va a cambiar todo» sin decir qué, ni cuándo, ni con qué presupuesto. Y mi favorito: la idea de que vas a comprar una herramienta, apretar un botón y al día siguiente tener una empresa inteligente.

Spoiler: no. El 80% del trabajo no es la IA. Es lo aburrido de antes —tener los datos limpios, los procesos definidos y los sistemas hablando entre ellos—, solo que ahora con un nombre más sexy encima.

Lo que sí mueve la aguja

Y sin embargo, soy un convencido. Porque cuando dejas de buscar la magia y la usas para lo que es buena, el impacto es real. Lo que de verdad ha funcionado en mi experiencia no sale en ningún titular:

Automatizar lo tedioso de dentro. No el escaparate, sino la trastienda: clasificar y enrutar correos, conciliar movimientos que antes te comían una tarde entera, ordenar tareas repetitivas. No es glamuroso, pero devuelve horas todas las semanas. Y las horas son dinero.

Dar acceso a los datos a quien no sabe SQL. Que alguien pueda preguntar «¿cuánto hemos vendido de esto la semana pasada?» en lenguaje normal y obtener la respuesta, sin pasar por mí ni por un informe que tarda dos días. Democratizar el dato es, probablemente, el mayor cambio cultural que he visto.

Ayudar a decidir, no decidir por ti. Previsión de demanda, reposición, detectar lo que se está quedando parado. La IA aquí no sustituye a nadie: le pone delante a una persona buena la información que necesita para acertar más. Augmentar, no reemplazar.

Fíjate que en ninguno de los tres el protagonista es el modelo. El protagonista siempre son tus datos y tus procesos.

El cuello de botella real (y no es la IA)

Aquí va la parte que no gusta oír. Si tu empresa no consigue sacar valor de la IA, casi nunca es por el modelo. Es porque tus datos están sucios, repartidos en cinco sitios que no se hablan, y porque hay procesos que solo existen en la cabeza de una persona.

La IA es un amplificador. Si le das encima de un caos bien estructurado, multiplica. Si le das encima de un caos a secas, multiplica el caos. Por eso el trabajo más rentable que puedes hacer este año probablemente no lleve la etiqueta «IA»: es ordenar la casa para que, cuando la enchufes, tenga algo bueno que amplificar.

Lo que le diría a un comité de dirección

Con el sombrero de negocio puesto, mi resumen sería este: no inviertas en IA para poder decir que inviertes en IA. Inviértela donde puedas medir el retorno —horas ahorradas, errores evitados, decisiones mejores— y empieza pequeño, por un proceso concreto que te duela.

Desconfía de quien te promete transformación sin hablarte de tus datos. Y desconfía todavía más de quien te vende una solución cerrada que «lo hace todo»: en retail, lo que lo hace todo normalmente no hace bien nada.

La IA no es ni la salvación que cuentan los titulares ni el humo que dicen los escépticos. Es una herramienta muy potente para una empresa que ya tiene los deberes hechos. Si los tienes, vuela. Si no, primero haz los deberes.

Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Pero antes de intentar lo imposible, conviene tener los datos en su sitio.


Joan Garcia Camba es CIO de retail internacional en Barcelona. Ingeniero y MBA, escribe sobre tecnología, gestión y equipos desde 2008. Su perfil profesional completo está en joan.si.

De experto técnico a business partner: lo que nadie te cuenta del salto

Hace unos meses me tocó subir a un escenario en el BEE360 a contar mi trayectoria, y preparando esa charla me di cuenta de una cosa: lo más difícil de mi carrera no fue ningún reto técnico. Fue dejar de medir mi valor por lo técnico.

Hombre saltando entre dos rocas, metáfora del salto de técnico a gestor

Suena bonito en una diapositiva, pero el camino real está lleno de baches que nadie te avisa. Así que voy a intentar contarlo como me hubiera gustado que me lo contaran a mí.

La trampa de ser el mejor técnico

Cuando empiezas, tu valor es evidente: sabes hacer cosas que los demás no saben. Levantas un servidor, depuras la query imposible, te peleas con el error 8456 a la una de la madrugada y sales victorioso. La empresa te quiere porque tú arreglas las cosas.

Y ahí está la trampa, porque ese reconocimiento engancha. Cuanto mejor técnico eres, más te buscan, más imprescindible te sientes… y más atrapado estás. Te conviertes en el cuello de botella de tu propio equipo. Si todo pasa por ti, has construido un sistema que no escala, y el primero que no escala eres tú.

Me costó entenderlo: ser imprescindible no es un superpoder, es un techo.

Nadie en la mesa de dirección habla de bits

El día que me senté por primera vez en una reunión de dirección de verdad, descubrí que mi vocabulario no servía de nada. Yo llegaba con mi «hemos migrado el ERP», «tenemos la base de datos optimizada», «la latencia ha bajado»… y veía caras de educada incomprensión.

A ellos no les importaba la latencia. Les importaba si íbamos a poder abrir cinco tiendas más este año sin que el sistema reventara. Les importaba el coste, el riesgo y el tiempo. Mi trabajo seguía siendo técnico, pero mi manera de explicarlo tenía que dejar de serlo.

Es exactamente la idea que comentaba en aquella reseña de La isla de los 5 faros: hay que hablar el lenguaje de quien te escucha. Lo escribí hace años pensando en presentaciones, sin imaginar que sería la lección más importante de mi carrera.

Crecer rápido te obliga a madurar (CMMI no es burocracia)

En retail, cuando la empresa crece a saltos, la tecnología o madura al mismo ritmo o se convierte en el freno. Y aquí va una confesión: yo era de los que veía marcos como CMMI como burocracia para consultoras aburridas.

Me equivocaba. La madurez no va de rellenar plantillas, va de pasar de «lo arreglamos cuando explota» a «tenemos un proceso para que no explote». Va de dejar de depender de héroes —spoiler: el héroe normalmente era yo— y empezar a depender de procesos repetibles que cualquiera del equipo pueda ejecutar.

El día que una incidencia grave se resolvió bien sin que yo tocara nada, no me sentí prescindible. Me sentí, por fin, como un director.

Lo que nadie te cuenta del salto

Resumo en cuatro cosas lo que de verdad me hubiera gustado saber antes:

1. Tu mérito técnico deja de contar como antes. Lo que te trajo hasta aquí no es lo que te va a llevar al siguiente nivel. Duele, pero es así.

2. Tu trabajo pasa a ser que otros brillen. Antes el éxito era tu pull request. Ahora es que tu equipo entregue sin ti delante. Cuesta soltar el teclado.

3. Tienes que aprender a traducir. De tecnología a negocio y de negocio a tecnología. Eres el puente, y un puente que solo entiende una orilla no sirve.

4. La soledad del intermedio. Ya no eres del todo «uno del equipo» ni del todo «uno de dirección». Es incómodo, y nadie lo dice en voz alta.

¿Mereció la pena?

Rotundamente sí. No porque sea mejor que arreglar cosas —sigo disfrutando como un niño cuando me peleo con un proyecto técnico—, sino porque el impacto es de otro orden. Antes resolvía problemas. Ahora ayudo a decidir qué problemas merece la pena resolver.

Si estás en ese punto, sintiéndote imprescindible y un poco atrapado: empieza por documentar lo que solo está en tu cabeza, por dejar que otro lo haga «peor» que tú la primera vez, y por aprender a contar lo que haces en el idioma del negocio. El salto no se da de golpe, se da soltando lastre poco a poco.

Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Y esto, aunque cueste, solo era difícil.


Joan Garcia Camba es CIO de retail internacional en Barcelona. Ingeniero y MBA, escribe sobre tecnología, gestión y equipos desde 2008. Su perfil profesional completo está en joan.si.