El riesgo y el castigo
Mi lema de vida es «sempre cas pitjor», siempre el caso peor. Me lo repetían en la universidad y se me quedó grabado: antes de mover nada, piensa qué puede salir mal.
Con esa mentalidad cualquiera diría que soy de los que frenan. Pues resulta que buena parte de mi trabajo como CIO consiste en lo contrario: en conseguir que mi equipo se atreva a más.
Y no es fácil, porque venimos de una cultura donde el fracaso se castiga. Algo sale mal y cae la bronca, más grande o más pequeña, pero cae. La gente no es tonta: si equivocarse sale caro, deja de arriesgar. Nadie te lo anuncia, simplemente un día te das cuenta de que ya no proponen, no prueban, no deciden. Se protegen, que es lo lógico.
Lo curioso es que castigando el fracaso no eliminas el riesgo, solo consigues que no se vea. Un equipo que no arriesga también está fallando, lo que pasa es que ese fallo no sale en ningún informe: son las mejoras que nadie intentó, las ideas que se quedaron sin decir en voz alta. La inacción es el único fracaso que no deja registro.
¿Significa eso que todo vale? No, claro. A mí lo que me sirve es otra distinción: no separo tanto el acierto del error como la decisión pensada de la temeraria. Si alguien falló sabiendo lo que se jugaba, con un riesgo proporcional y sacando un aprendizaje, eso para mí es matrícula pagada. En cambio, un acierto de chiripa, sin criterio detrás, me preocupa mucho más, porque la próxima vez la suerte no estará.
La imagen que me viene siempre es la del escalador. Arriesga, y mucho, pero arriesga asegurado: sabe que la cuerda está ahí, y precisamente por eso puede intentar el movimiento difícil. Sin cuerda no habría escalada, habría temeridad o habría parálisis, que son las dos formas de no llegar arriba. Nuestro papel como managers es ser esa cuerda, no el juez que espera abajo tomando nota de las caídas.
Al final, los que llevamos equipos tenemos ahí el trabajo fino: animar a decidir, cubrir a quien arriesga con cabeza, y guardar la exigencia para la temeridad y la desidia, que no son lo mismo que el error honesto. Del riesgo se aprende, y aprendiendo crece la gente. Nos conviene que arriesguen.
Lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Y a veces sale mal, claro. Ese es el precio, y sigue siendo más barato que no intentar nada.
Joan Garcia Camba es CIO de retail internacional en Barcelona. Ingeniero y MBA, escribe sobre tecnología, gestión y equipos desde 2008. Su perfil profesional completo está en joan.si.



